13 de agosto de 2011

Mundos

Estaba mi mundo y más atrás, el suyo. Y no había forma de entrar en él. Porque millones de llaves lo cerraban. Y una era más dolorosa que la otra.

Estaba el mundo que compartía con todos los demás, menos con el suyo. Estaba alejado de todos. Aún así, yo sabía que podía conocerlo. Pero ¿estaría dispuesto a atravesarlo otra vez?

Era un mundo que te absorbía sin que te dieras cuenta. Quizás no había que darse cuenta de nada. Quizás había sido así desde el principio. Tal vez tenía que ser de esa manera. En definitiva, nunca sabemos hasta donde podemos elegir. Ni siquiera sabemos si podemos elegir en algún momento.

Uno siempre piensa que el propio dolor es inabarcable. Hasta que se encuentra con el verdadero dolor. No con uno en particular. Sino con el dolor del mundo.

Resultó que para él, aún antes de que el mundo fuera considerado como tal, ya estaba lleno de contradicciones. Iba tan ligero de un lado para otro que nunca encontraba un borde del cual agarrarse. Llegó un momento, en que ya no podía verlo siquiera. Y todos sabemos lo que pasa cuando dejás de ver algo. Ya no existe, y no importa si alguna vez fue real o no.

Entonces hay otro lugar al que ir. Siempre. Y él confiaba en ese lugar más que en ningún otro. Era simple, siempre que se moviera, ese rincón lo seguiría.

Ahí todo era tal cual como lo quería. Incluso cuando, sin siquiera proponérselo, encontraba otros mundos, parecidos al suyo. No había pasado muchas veces, dos o tres como mucho. Aún así, sabía que sin ningún esfuerzo, de vez en cuando podía no sentirse tan solo. Todo se daba tan naturalmente que incluso se acostumbró a esperarlos.

Un día se encontró con uno de esos mundos. Y le atrajo. Tanto que por primera vez conoció lo que era el deseo. Pero esta vez nada sucedió. El otro mundo no sentía ninguna atracción por el suyo. No lo supo hasta cierto tiempo después, pero se había encontrado con un mundo tan único y especial como el suyo. La diferencia era que ese otro no sabía que existían más como él. A su alrededor había más llaves de las que podía imaginar. Muchísimas más de las que cerraban el suyo. Pero no había dolor en ellas, había algo mucho peor. Indiferencia.

De pronto todo aquello que era natural, dejó de serlo. Y nadie nunca pudo reponerse de eso. Cuando sabemos que algo va a darse de tal o cual manera, y simplemente no sucede así, tenemos sólo dos opciones. O lo dejamos ir o se nos mete adentro. Tanto que es imposible escapar. Es mucho más simple de lo que imaginamos: siempre hay un momento en que podemos elegir la muerte.

Cuando me di cuenta, estaba mi mundo pero ya no estaba el suyo. Lo busqué a mi alrededor, pero ya nunca lo encontré. Hubo días en los que me levantaba esperando que apareciera de repente, incluso a veces soñaba que si ya no lo veía, era porque estaba escondido, en algún rincón del mío.

Nunca supe donde fue. A veces podía ver al otro paseando con indiferencia alrededor del mío. Me buscaba, intentaba seducirme. Pero cómo podía siquiera pensar en detenerme en él. No era miedo. Resultó que yo también estaba eligiendo. Mientras que el dolor puede mantenerte con vida, la indiferencia puede desintegrarte para siempre.