18 de enero de 2011

Mi intuición nunca se equivoca

No sé bien lo que es escribir. O lo que es escribir bien. O escribir algo que valga la pena o que al menos a alguien le guste o le provoque algo. Tampoco se lo que es vivir y sin embargo lo hago, todo el tiempo. Y vivir preguntándote a cada minuto por qué, es estar condenado. Pero es una condena silenciosa, solitaria. No sé bien lo que es escribir. Sin embargo sé que si no lo hago ahora me muero. Y no me quiero morir.
Sólo se que decimos palabras iguales exactamente en el mismo momento, y que a veces hasta sabemos lo que el otro está pensando. También por instantes, nuestros movimientos se coordinan a la perfección sin que lo planeemos. No sé muchas cosas pero con saber eso me alcanza.

14 de enero de 2011

Christiania

Conocí de la existencia de Christiania hace unos años atrás, mirando uno de esos canales en los que te muestran a gente viajando por el mundo. Recuerdo haberme fascinado con el paisaje, tenía una estética particular, psicodélica, hippie. Las casitas eran chiquitas, separadas unas de otras, se lo notaba un lugar especial. Y lo era. Resulta que Christiania es un barrio danés, ubicado en Copenhague. Tiene una diferencia con el resto, una muy importante. Es un barrio autónomo, autogobernado, donde la propiedad privada no existe, sino que es colectiva, donde se acepta con los brazos abiertos a aquellas personas dispuestas a convivir cumpliendo reglas básicas: la no violencia, no armas, no drogas duras. Un lugar donde cualquier decisión se toma entre toda la comunidad, sin excepciones. Su origen es en 1971, cuando los habitantes de los barrios que rodeaban un terreno militar abandonado y poco custodiado rompieron las vallas y decidieron ocuparlo para usarlo como parque para sus hijos. Al poco tiempo se publicó un artículo en un revista de mucho éxito entre jóvenes donde se declaraba ese espacio como ciudad abierta, invitando a la sociedad civil a conquistar la ciudad prohibida de las fuerzas armadas. Lo que pasó a continuación fue que comenzaron a llegar grupos de jóvenes dispuestos a comenzar un proyecto autogestionado y a vivir en libertad. El espíritu de Christiania fue creado por los movimientos hippie, okupa, el colectivismo y el anarquismo. Christiania ha sido capaz de crear escuelas, guarderías, hospitales, y todo lo necesario para llevar una vida al margen de las instituciones tal como las conocemos. Realizan experiencias ecológicas como la de purificación del agua del canal que atraviesa su territorio, la recuperación de chatarra, la agricultura sin fertilizantes químicos o la fabricación de bio-gas a partir de la basura. La misión declarada de Christiania en 1971 fue: Crear una sociedad autónoma y autogobernada en el que todos y cada uno de los individuos seamos responsables por el bienestar de toda la comunidad. Ha de ser económicamente autosuficiente y por lo tanto, nuestra aspiración es mantenernos firmes en nuestra convicción de que la miseria psicológica y física se puede evitar. Hoy en Christiania viven más de 1000 habitantes y en el 2011 cumple 40 años de vida.

5 de enero de 2011

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.

Hoy C cumple 102 años. Está contenta, al menos sonríe cada vez que alguien la saluda y la felicita como si fuese una especie de extraño ser que sigue aferrándose a la vida. Vaya a saber por qué se aferrará tanto. Pienso que tendrá sus motivos.
Toco la puerta de su habitación para saludarla. Me dice que espere un momento, se está terminando de arreglar. La técnica de los ruleros se pone rebelde con la humedad. Cuando sale la abrazo, le deseo un feliz cumpleaños. Pienso que si no estuviera en el trabajo y ella no fuera una residente sino mi abuela, o alguien fuera de mi ámbito laboral, la comería a besos. C es indescriptiblemente tierna.
La primera vez que la vi, me dijeron que tenía 101 años. La observé caminar y me pregunté qué carajos estaba haciendo todavía por acá. Hay que tener ganas. Se acercó y me preguntó mi nombre, le dije que me llamaba Florencia. Nunca lo entendió, el día de hoy me sigue llamando Valencia. Yo la corrijo cada vez, ella se ríe, me dice que no está tan alejada. Al menos las dos son ciudades europeas, me explica como si el error no importara. Y en verdad no importa. Las etiquetas, los nombres, no sirven para una mierda. A veces me olvido y ella me lo recuerda.
En 1896 el papá de C trabajaba en una compañía como ingeniero en Londres. En esa ciudad vibrante nació ella. Pero en 1916 cuando C tenía 7 años, a su papá lo transladaron a Fray Bentos, donde C vivió hasta que conoció a su esposo y se mudaron a Gualeguaychú. Allí vivió gran parte de su vida. Tuvo tres hijos. La hija mayor de C tiene como setenta años. Y todavía tiene a su mamá. Eso me pareció algo loco y enloquecedor al mismo tiempo.
Hoy C festejó sus 102 años rodeada de sus nietos. Cuando alguien le preguntó una receta para llegar tan bien al centenar y pico de años ella contestó sin dudar: risas, vino y viajes. Yo estaba sentada mirándola. Si fuera tan sencillo, pensé. Pero al segundo me di cuenta que lo es. Así te lo hace sentir ella.
Cuando M se acercó a abrazarla se le escaparon unas lágrimas. Le dijo que le emocionaban sus ganas de vivir. C sonreía. M le repetía incansablemente que estaba cumpliendo 102 años, como si ella no lo supiera. En un momento C se puso seria y le preguntó ¿por qué?, ¿por qué yo?. Es increíble, pensé, no importan cuantos años pasen, todos vamos a morir preguntándonos lo mismo. M se quedó callada. No supo que responderle, se limitó a abrazarla nuevamente, llorando como una nena grande, como si la sola presencia de C pudiera resolver el misterio de la vida.
Pienso en salir a fumarme un cigarrillo. Mientras tanto un grupo de gente se acomoda alrededor de C. Están por cantarle el happy birthday. Decido quedarme. Ella sonríe y apaga una vela casi que sólo con la mirada. La hija le pide que cuente una anécdota particular. La mira a C como diciendo: vos sabés de cual te hablo. Se la nota orgullosa de su madre. C cuenta que cuando tenía 14 años, sus padres decidieron mandarla como pensionista a una escuela-convento en Richmond, Yorkshire. A bordo del barco C conoció a Borges. El estaba buscando practicar su inglés y encontró en ella una profesora bien dispuesta. Imaginé que Borges pudo haberse enamorado, C debió haber sido hermosa en su juventud. Dijo que durante esos días habían forjado una linda amistad, fueron sus palabras exactas. Yo sospeché que haya sido sólo eso, pero me callé. Para terminar contó que como muestra de agradecimiento recibió en su casa una copia especial del libro Fervor de Buenos Aires. Dijo que aún lo guarda como si fuese oro. Pensé que cuando C ya no esté, su hija y más tarde su nieta van a guardar ese pedazo de historia. Me di cuenta que tengo que pedirle algo a mi nono, un pedazo de lo que sea que me lleve directo a su vida fascinante. Entendí lo orgullosa que estoy de mi nono.
C juega al bridge todos los martes. Es una de las sólo cuatro personas (en una residencia donde viven casi 60 ingleses) que todavía hoy puede resistir dos horas con la concentración, la atención y la memoria que requiere ese juego de cartas. Algunas ya ni se acuerdan como jugarlo, otras simplemente ya no tienen ganas de hacerlo. C sí, se pone su mejor ropa y sigue jugando como si el tiempo no existiera. Y es que en realidad no existe. Eso es lo más importante que aprendí de C.