24 de noviembre de 2010

Maldita sea, hay cosas hermosas en el mundo, y cuando digo hermosas quiero decir hermosas. Somos unos cretinos al apartarnos tanto de lo fundamental

Si le vas a declarar la guerra al Sistema, dispara como una chica buena e inteligente: porque el enemigo existe y no porque te disguste su peinado o su maldita corbata.

Ayer terminé de releer por segunda vez consecutiva Franny and Zooey de Salinger. Apenas terminé de leerlo lo volví a empezar. Es algo que vale la pena hacer con un libro como ese. Porque me pasaron varias cosas, en primer lugar hubo partes que las tuve que leer rápidamente. Supongo que tiene que ver con la negación o la resistencia. Hay pasajes del libro que me provocaron cosas difíciles de digerir, otras me dieron miedo, no miedo a lo que dice sino justamente a lo que me generan. Esas partes de mi que se despiertan bruscamente hace años y que no puedo terminar de asimilar, quizás sí algunas cosas, pero a veces es difícil dejar morir un estado que inevitablemente tiene que desaparecer para que surja uno completamente nuevo. Soy una convencida que los libros llegan en el momento exacto en que tenemos algo que comprender. No es casualidad leer uno u otro en distintos momentos de la vida. Franny and Zooey es uno más de una seguidilla de libros que, o bien llegan inesperadamente, o por casualidad, o simplemente porque entro a la librería y digo deme ese sin pensar demasiado. Así es que una vez que me los pongo a leer me doy cuenta de esa inconciente manera en que llegan a mis manos. Al mismo tiempo, soy muy conciente de esa especie de presencia superior que hace que todo lo que nos pasa (incluso los libros que leemos o la música que escuchamos) represente un nuevo escalón, una nueva oportunidad de enfrentarnos al cambio. Soy muy conciente de esto y sin embargo a veces me olvido y me convenzo de que no creo en nada sumiéndome en el peor estado catastrófico de la vida sin sentido, cuando en realidad la vida está llena de sentidos por todos lados. No el sentido de la vida como producto que la gente suele buscar a lo largo de su existencia (porque, definitivamente, no lo tiene) sino las direcciones de la energía vital que nos llevan a conocernos y comprender cada vez más. Releo los libros en los cuales, durante la lectura, el ego se entromete con su vehemencia y su resistencia y desea que me deje engañar. Además, en la relectura, subrayo. Es una forma de decirle a esa parte de mi, tomá! yo sé que ésto es importante, ésto es algo, no lo voy a dejar pasar. No necesariamente porque sea un fragmento genial de la obra, sino porque es el pedazo que genera algo. Además, siguiendo estrictamente con el libro, Zooey se transformó en uno de mis personajes favoritos de mi literatura. Es la conciencia que nos resistimos a aceptar, inmersa en un mundo definitivamente hostil para el despertar. Y resulta también que éste Salinger es de esos autores que me enloquecen porque, en definitiva , me pone constantemente frente al desafío existencial que me persigue (literalmente a cada minuto de mi vida) y al que le sigo escapando. Bueno, no le escapo, le tengo miedo. Sí, resulta que en el fondo todo lo desconocido me resulta peligroso. Quizás porque llegué a lo desconocido de muy chica y no supe qué hacer con eso. Y, lamentablemente, el auto-engaño es un monstruo que crece adentro de uno mientras más se le escapa. Pero llega un momento de la vida en que indefectiblemente tenés que enfrentarte con eso. Y pasás de interesarte en boludeces que supuesta y aparentemente te colman para terminar desechando absolutamente todo y darte cuenta que en definitiva nada te interesa realmente porque, resulta que ya lo tenés todo. Y sí, no necesitás más de lo que ya tenés. Y en un sistema que te obliga a querer cada vez más y más esa certeza puede volverte un poco loco. Hasta que en definitiva encontrás el equilibrio y te das cuenta que muchas cosas sí te interesan pero que no de la forma que creías que debían importarte. Ejemplo, cuando llegás al estado de cuestionarte hasta para que carajo leés un libro, porque todo te parece al pedo. Y de repente te cae la ficha y te das cuenta lo que pasó después de la lectura. Y entendés que el único motivo que puede tener leer un libro es el solo hecho de leerlo. Y que además, de vez en cuando, te podés topar con un autor como Salinger que posiblemente se haya preguntado lo mismo que vos y te das cuenta que el interés y la importancia de las cosas se recibe y se siente desde un lugar muy diferente al de la mente. Cuando te preguntás hasta para que carajo seguís (y no porque no quieras, sino porque sabés que sólo podés seguir de otra manera) este libro te vuelve a ubicar en la vida. Y te hace sentir menos bicho raro por preguntártelo. Franny and Zooey es un libro disociado en muchos aspectos. Y te muestra claramente, todo el tiempo, esa disociación tan difícil a veces de comprender. Lo que somos y lo que creemos que somos. Es decir, el ser y la mente, la conciencia y el ego, o como lo quieran llamar. Y de cómo la mente mientras más poderosa y más compleja, más oportunidad te dá de liberarte de ella, porque se hace visible, con todo su abanico de mecanismos. Y te das cuenta de cómo se resiste a desaparecer, como te puede destruir en ese camino, pero cómo crece en intensidad la conciencia mientras más destructivo se vuelve el ego. Y de cómo podés pensar y pensar pero llegás. Y resistir, darle mil vueltas, sufrir, no saber si querer seguir comprendiendo, pero igual, siempre, de cualquier manera llegar. Porque aunque no quieras la vida te obliga todo el tiempo a comprender. Y eso es en definitiva una oportunidad única, yo creo. Porque no estar conciente es estar muerto en vida. Y porque de eso, en definitiva, es de lo que habla este libro.

17 de noviembre de 2010

Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me, I’m not sleepy and there is no place I’m going to


Este tema de Dylan, no sólo es uno de mis preferidos de todos los temas que escuché alguna vez en mi vida, además es uno de los más claros ejemplos de su genialidad, y de que, aparte de un excelente músico, es un enorme poeta. La letra acá. La traducción acá.

11 de noviembre de 2010

And in the end, the love you take is equal to the love you make


Paul McCartney es un beatle. Lo fue y lo será siempre. Verlo aparecer arriba de un escenario, en vivo, como nos sucedió a miles ayer a la noche, fue surreal. Sobre todo, para aquellos que no habíamos ni siquiera nacido en los sesenta, y que crecimos escuchando las historias de esa década maravillosa para la música (y también en otros ámbitos) en la cual pasaron muchas cosas y cambiaron otras tantas. Verlo ahí, después de haber repasado miles de veces la historia de la mejor banda de música de todos los tiempos (al menos para muchos), o, podría decirse también, una de las más revolucionarias bandas de rock de la historia, fue simplemente mágico. Si, es cursi esa palabra, pero no se me ocurre otra para describir el instante en que se paró con su traje y su elegante porte inglés en el escenario, con su bajo impecable y empezó a sonar su voz. Haber tenido la oportunidad de verlo, escucharlo, de estar ahí, se sintió como haber sido parte de la historia. Los Beatles fueron una banda especial, ya lo dijo Paul hace unos días, y eso es innegable. Trascendieron las barreras de la música, se convirtieron en una leyenda, en una especie de símbolo de una época que fue un estallido en todos los aspectos. No me quiero poner a analizar el fenómeno que representan en términos formales. No me interesa. Lo de Paul ayer fue un regalo, tres horas de buena música y de ser parte de algo maravilloso. ¿Qué es ese algo maravilloso? La banda impresionante que tiene, con unos músicos de la puta madre; la gente increíble, emocionada, en comunión absoluta. Y Paul, obvio. Paul y su energía infinita. Y su simpatía, y su alegría de estar vivo. En un momento nos preguntó, ¿están felices?. ¡Cómo decirle que no! La música logra eso, que exista sólo el presente, el ahora, en conexión con algo más grande. ¡Y cómo no ser feliz en ese estado de entrega total, de desprendimiento absoluto de todo lo que no somos, de todo lo que no importa! Paul sabe que todavía puede dar estos recitales impresionantes, y gracias a él que aún lo hace. Porque sabe lo que da. Lo que genera. Por eso al final termina diciendo: el amor que recibís, es exactamente igual al amor que entregás. Y él entrega, su fuerza, su energía, su alegría, su perfeccionismo, su habilidad musical, su voz aún intacta. Se nota que todavía lo disfruta, que lo hace como el primer día, se nota y lo transmite. Y además de todo eso, nos regala el recuerdo de George y la canción perfecta que le escribió a John.
John es particularmente especial para mi. Pero Paul no se queda atrás, Paul es determinación, pies en la tierra, equilibrio. Paul es todo lo que quería recibir ayer. Gracias.

6 de noviembre de 2010

La muerte es despojarse de todo lo que uno no es

Hace unos días leí en un libro que la muerte es despojarse de todo lo que uno no es. Y es que ante ese hecho inevitable lo más esencial de uno se despierta, y nos volvemos más intuitivos, más concientes, más honestos y hasta me animaría a decir que más inteligentes. Es ese momento donde muchas verdades se revelan. Porque quizás ante la muerte nos sinceremos con nosotros mismos más de lo habitual. Así, frente a las verdades reveladas surgen todo tipo de movimientos que vuelven a ponernos en eje. Ese centro fundamental al que sólo podemos acceder cuando todo se nos presenta tal cual es. Supongo que la única forma de ser libres es muriendo, aún antes de que la muerte verdadera nos llegue. Morir en el sentido de sacarnos toda la basura condicionada de encima y ser lo que somos, sin tanta vuelta.