28 de octubre de 2010

GRACIAS



Eras como un huracán que arrasa con todo, pero a diferencia de los huracanes que no dejan nada tras su paso, vos nos dejaste lo más importante, un camino a seguir. Siempre voy a agradecerte el hecho de que hayas puesto tantas cosas en juego, que te hayas arriesgado a cambiar el país. Que hayas creído en el Estado como el mayor responsable de proteger al pueblo y lo que es de él. Que hayas hecho tanto por la justicia y la memoria de aquellos que en los años setenta dieron su vida por este país. Porque son esas personas las que realmente valen la pena, las que ponen el cuerpo por sus ideas. Que hayas construido de la nada un país encaminado a ser más justo e igualitario, que hayas vuelto la política decadente y nefasta que te precedió en una llena de compromiso y militancia. Cuando en el futuro te recuerde y mire para atrás voy a pensar en tu entrada al congreso a votar por la ley de matrimonio igualitario. Voy a verte descolgando el cuadro de Videla, devolviéndole a los trabajadores el derecho a discutir los convenios colectivos de trabajo, y recuperando las empresas vaciadas por el neoliberalismo. Desenmascarando a los mentirosos de siempre. Derogando la ley de obediencia de vida y punto final. Impulsando la ley de medios. Construyendo una región latinoamericana fuerte e independiente. Diciéndole no al alca, abriéndole las puertas de un estadio a Chávez en una ciudad donde la potencia norteamericana venía a seguir insistiendo con la explotación de nuestra gente. Y te voy a recordar hablando y accionando con fortaleza contra corporaciones poderosas. En definitiva, hiciste lo que un líder debe hacer. Moviste las barreras de lo imposible. Te voté en el 2003 sin conocerte, sólo porque decidí creer en vos. Y debo decirte, que aunque muchas cosas te recrimino y otras tantas te reprocho, nos sacudiste a todos. Y esa sacudida fue un renacer por el que te voy a estar agradecida, siempre.


24 de octubre de 2010

Hipnotizador Personal

El Hipnotizador Personal
Pedro Mairal


Hace diez años, en un taller literario, conocí a una chica que tenía mucha plata. Mejor dicho, sus padres tenían mucha plata. No se llamaba Verónica, pero la voy a llamar Verónica por discreción, aunque ella ya no viva en la Argentina. Verónica escribía cuentos que sucedían en París, en New York, en Ámsterdam, con personajes que estaban siempre invitados a grandes fiestas. El taller quedaba en Callao y Córdoba, y a la salida yo la llevaba en mi bicicleta hasta Las Heras. No nos dábamos cuenta de lo peligroso que era, o quizá sí y eso nos divertía. Una sola vez casi nos pisa un 60; estuvimos muy cerca. Yo frenaba apretando el pie contra la rueda. A veces nos metíamos en librerías y ella se compraba un libro pero después, cuando le preguntaba si le había gustado, me decía que no lo había leído. No le gustaba mucho leer. Se cruzaba todo el tiempo con ex compañeras del colegio y después me hablaba mal de ellas. Viven en una burbuja, me decía, están siempre hablando de ir a esquiar o de Punta del Este, no se dan cuenta de que la cosa va un poco más allá. Como suele pasar, Verónica despreciaba a la gente que se le parecía. Me acuerdo de que era lacia, sobre todo eso. Era más lacia que linda. Y me acuerdo también de su olor a shampoo, cuando iba sentada en el marco de la bicicleta. Sin que yo siquiera la hubiera besado, ella me incitaba y me despreciaba, iba alternando esas dos actitudes con sutileza, manteniéndome apartado pero, al mismo tiempo, a tiro. Si me lo hubiese pedido, yo la hubiese llevado pedaleando hasta Brasil.

En una de esas vueltas, me invitó a su casa en la calle Galileo porque iban a ir sus amigos de cine (estudiaba cine en un instituto del centro). Dale vení, no me banco esperar sola, me dijo. Llegamos y nos abrió la puerta de calle un guardia de seguridad, con uniforme gris. Era de los pocos edificios en Buenos Aires que en esa época ya tenían seguridad privada las 24 horas. Subimos. El departamento era enorme, decorado con sillones blancos y tapices. Vivía sola porque sus padres siempre estaban en lugares exóticos del mundo. Había una mucama vieja dando vueltas por la cocina, con la que tenía discusiones feroces que la avergonzaban. En media hora me mostró su cámara nueva, me mostró fotos de un viaje a la India, me mostró algo en la computadora que yo no entendí hasta tiempo después cuando se Popularizó Internet, puso un compact en un equipo súper Hi‑Fi, dio vueltas por el departamento, me mostró el arma del padre, comimos helado, y al rato fueron llegando los amigos.

Tenían más o menos nuestra edad. Había una chica que se llamaba Fabiana y un chico pelilargo que se llamaba Pablo, que yo pensé que eran novios porque se hacían masajes en el sillón. Todos parecían estar muy habituados al lugar, se tiraban en el living sin problema, abrían la heladera y le pedían licuados a la mucama. Los vi varias veces y me fui mimetizando con esa actitud de confianza.

Hacían base ahí y después se iban a fiestas en otras casas. Yo fui una sola vez a una de esas fiestas donde hicieron lo mismo pero con otra gente y con otra marca de cerveza: sentarse y hablar de la fiesta a la que iban a ir después. Lo mejor, la fiesta ideal, siempre estaba en el próximo lugar.

En alguna de esas charlas de sillón, salió la típica pregunta: Si pudieras tener cualquier cosa en el mundo, ¿qué te gustaría tener? La mayoría quería tener otro cuerpo o mucha plata. La respuesta de Verónica me llamó la atención. Yo quiero tener un hipnotizador personal, dijo, un "hipno", existen, te juro que existen. Un tipo que me hiptonice en los ratos aburridos, que me despierte sólo para los ratos de acción, que me anule el tiempo muerto. Eso es lo que quería Verónica, alguien que le editara la vida. Le preguntaban cómo sería y ella explicaba que el hipnotizador tenía que dormirla, por ejemplo, antes de salir de viaje a París. La subía dormida al auto, la llevaba Al aeropuerto, le hacía los trámites, la subía al avión y la despertaba un rato durante el vuelo para comer; después la volvía a dormir y la despertaba en el taxi, en las calles de París camino al hotel. Tenía que ser un tipo fuerte que pudiera llevarla en brazos.

Me sorprendió la expresión "tiempo muerto"". Se la había escuchado decir a sus amigos cineastas, pero no la había entendido del todo hasta que ella la dijo. Y me hizo acordar a unos vecinos de carpa en la playa en Pinamar dos matrimonios que jugaban al bridge después del mediodía, jugaban durante horas bajo la sombra hasta que uno de los hombres miraba el reloj y decía ¡Uy, las seis ya, che. Matamos la tarde!", pegaba uno de esos aplausos con ruido a sopapa y se frotaba las manos porque la tarde había muerto; la habían matado ellos.

La idea de Verónica también era matar el tiempo, matar el tiempo muerto. Ella tenía intolerancia al tiempo real. No soportaba el tiempo que mediaba entre los momentos supuestamente relevantes de su vida. No soportaba el tiempo muerto frente al semáforo o en las salas de espera o haciendo cola. Los momentos en que no pasa nada.

Cuando me llegó el turno de decir qué quería, yo pensé que quería tenerla a Verónica, pero no lo dije. No me acuerdo con qué traté de zafar. Tampoco sé si fue esa misma noche que conseguí darle un beso. Me acuerdo que caminamos por Galileo hasta que nos sentamos en la escalera de la Plaza Mitre y, como yo había tomado bastante cerveza, me animé. Pero era difícil. Se me escapaba. Como si no estuviera ahí. Vivía desfasada del presente, un poco corrida hacia el futuro, siempre pensando en algo bueno que iba a pasar después, hablándome de eso, una fiesta, una película esa noche, algo que iban a filmar, algo de ropa que le iban a traer los padres de New York, siempre en ese declive de la ansiedad, cayendo hacia adelante.

Yo iba seguido a la casa. A veces estaban Pablo y Fabiana viendo videos. Un sábado a la noche la había invitado a Verónica a San Telmo a tomar algo pero me había dicho que estaba cansada. Al rato cayeron Pablo, Fabiana y unos amigos de Puerto Rico que querían ir a bailar salsa. Trajeron ron La Negrita y lo mezclaron con Coca‑Cola. Yo veía que Verónica se preparaba para salir, muy divertida, y me puse a tomar ron. Un vaso tras otro. Ella quería que fuera con ellos pero yo, enfermo de literatura prefería la tristeza del perdedor. Terminé tocándole el timbre a las cuatro de la mañana, totalmente borracho, diciéndole que quería ser su hipnotizador personal. Y ella ni siquiera estaba. El guardia de planta baja, que ya me conocía me paró un taxi y me mandó a mi casa.

Le escribí cosas a Verónica. Poesía. Una vez fuimos al cine a la trasnoche, después a tomar algo, después caminamos y en un kiosco, de madrugada, compré el diario La Prensa recién salido para mostrarle que en el suplemento cultural habían publicado un poema mío dedicado a ella. No me quedaban más ases en la manga y todavía no había logrado pasar de los primeros besos. Yo le había dicho que ella me gustaba y ella me había dicho que yo era "un tipo muy intenso". Desde entonces, ese adjetivo ‑aplicado a cualquier cosa‑ me da un poco de vergüenza.

Una tarde subí pedaleando la barranca de Galileo. El guardia del edificio me dijo: ¿Qué hacés, Pedrito? No está Verónica... Che, el otro flaco, el pelilargo... ¿Quién, Pablo?, dije. Sí, te ganó de mano. Se queda a dormir y todo. Yo el otro día le tiré la lengua a Verónica, viste, le digo '¿con cuál te quedás, con el pelilargo o con Pedrito' y me dice 'con el pelilargo'.

Me despedí de él con una sonrisa bastante digna teniendo en cuenta que acababan de romperme el corazón. El guardia me había dicho la verdad, así, dura y directa. Lo odié pero hoy creo que me hizo un favor porque, si no, yo hubiese seguido dando vueltas, cada vez más enredado.

Me volví caminando al lado de la bicicleta, sin subirme. Tenía ganas de ir sacándome la ropa y tirarme desnudo en medio de la calle. No sé si fue exactamente ese día, pero la bicicleta fue a parar a la baulera. No volví a ese taller literario, ni volví a verla a Verónica. Supe, por un amigo de un amigo, que se casó y vive en Estados Unidos.

Hace un par de años escribí un cuento corto con ella como personaje. Lo tengo que corregir. El narrador era el hipnotizador, el encargado de hechizarla cuando ella se aburría. Él iba contando lo que había hecho esa tarde. Estaba ambientado en México porque me parecía que quedaba mejor. Y él hablaba de "la niña". «A las dos, la niña me ha pedido que la duerma y la lleve a una fiesta en Cuernavaca". Entonces contaba cómo la dormía en su silla, la cargaba en el auto y se sentaba al volante, para manejar despacio. Ella dormida en el asiento de atrás, él fumando, con la ventanilla abierta. Describía el viaje y cómo por el camino se veía venir una tormenta de verano, y después llovía y caía granizo. Estaba contado en presente, porque él estaba atrapado en el presente, viviendo el tiempo muerto que ella no quería vivir. Entonces llegaban de noche a Cuernavaca y unas cuadras antes el hipnotizador despertaba a “la niña” Le contaba que había granizado y ella se enojaba porque decía que cómo no la había despertado para ver eso; le hubiera gustado ver granizar. La niña lo “regañaba” mucho y se bajaba del auto hacia la fiesta, dando un portazo. Él estaba enamorado de ella.


22 de octubre de 2010

Nothing's gonna change my world

Quiero llegar. Estás ahí, lo sé. Pero no puedo llegar, ni alcanzarte. Demasiadas emociones en el medio me desintegran cuando estoy por tocarte. Quizás no lo estoy intentando bien, o deba dejar de intentarlo y entregarme de una vez. Pero me autoconvenzo, creo que estoy en ese camino, cuánto engaño! Y cómo duele el engaño. Las grietas comienzan a aparecer y el tiempo se hace presente en el mismo momento en que quiero accederte para no tener que vivir en el tiempo, ya no más. El dolor tiene muchas caras, toma muchas formas. Pero al final no es nada. Viene y va y cuando ya no está no deja rastros. Puedo desprenderme en ese lugar, lo sé. Estar desapegada de todo y entender la plenitud inmensa-infinita. Y pensar que se siente tan desesperante-imposible-inaccesible. Que corro a buscar lo que nunca encuentro porque no existe. Que todo es imaginario desde la mente. Pero que hay algo mucho más poderoso que ella. Los objetos que me rodean se diluyen en frente mio, no tienen sentido, mucho menos importancia alguna. Pero están y quiero estar en paz con ellos. Porque también forman parte lo que soy. Aún siendo efímeros-destructibles-moldeables, están, son. Y no aguanto la totalidad que es todo, no soporto no poder acomodarlo todo en mi cabeza. Me enloquece la infinitud pero estoy inmersa en ella. Y me resisto. Porque no puedo entregarme y quiero entender desde el lugar que nada lo entiende. Y duele. Duele demasiado. No encontrar la forma de estar en la propia vida y con todo lo demás. Qué puede ser más liberador, más revolucionario que dejar de buscar algo que no existe. El sentido de la vida? jaja el sentido. Soy. No necesito nada. Y qué miedo. Pero el miedo, el miedo es como el dolor, tiene muchas caras, muchos disfraces, pero viene y va y cuando ya no está no deja rastros. Estoy limpia. No quiero nada y eso es todo lo que soy. Estoy vacía pero nunca estuve más completa.

13 de octubre de 2010

Hoy soy esto, mañana no sé, pasado no me importa

Hache

(nadie lo expresó de manera tan sencilla)

10 de octubre de 2010

Conclusiones provenientes de músculos y huesos

Quiero perder el control. Estoy harta de tenerlo. No lo quiero más. Tengo miedo de que no me suelte. Porque tenerlo se volvió algo compulsivo. Y ahora que ya no lo quiero, no me quiere soltar.

9 de octubre de 2010

No haya duelo, su victoria es la nuestra.


El Che, así se llama la primera entrada de este blog. Y ahí pueden leer entera la poesía que inspiró en Mario Benedetti.

Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado, fabuloso, nítido
eres nuestra conciencia acribillada

Dicen que te quemaron,
con qué fuego van a quemar las buenas
las buenas nuevas,
la irascible ternura que trajiste y llevaste
con tu tos, con tu barro

Dicen que incineraron toda tu vocación menos un dedo
basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos


¿Cómo ser tan indigno de pensar en resignarse pisando el mismo suelo que pisaste, cuándo atravesaste los peores miedos, cuándo apretaste el gatillo que pocos se animaron a apretar, cuándo viviste la muerte en cada bocanada de aire, cuando la desesperación brotaba desde tus pulmones? De vos nace mi inspiración. De tu revolución eterna. De tu eterna voluntad para cambiar lo más indigno y lo más brutal que tus ojos y tu alma no soportaron ver: el hambre, la esclavitud, la crueldad y el aprovechamiento más atroz hacia los que nada tenían. Cuánta falta nos hacés hoy. Podrán criticarte el fusil, podrán criticarte las formas, pero nunca podrán quitarte la voluntad, la dedicación, tu poner el cuerpo y la vida para luchar por lo justo. Jamás podrán quitar el profundo amor que nos dejaste. Jamás podrán matar las conciencias dormidas que despertaste. Porque diste tu vida para demostrarnos que se puede luchar por lo que creemos. ¡Qué idiota áquel que sólo mira tu imagen, qué idiota áquel que te llama asesino, qué idiota áquel que te llama Dios, qué idiota áquel que sólo te compra! Vicente Feliú escribió en una canción "algún poeta dijo, y sería lo más justo, desde hoy nuestro deber es defenderte de ser Dios" Y es cierto, porque fuiste un ser humano con todas las debilidades y demonios propios de lo que somos, y aún así, nos demostraste lo divino que llevamos dentro. Me sobran las palabras para recordarte hoy, a 43 años de tu muerte. Me quedo con las palabras de otro: "tus manos, aún muertas están luchando, porque tus manos no te las cortaron rogando" Retornarás como los huracanes y los rayos, todo encendido como eras, dijo alguien más, y de verdad creo que así es. Estás vivo, estás presente. Por siempre.

Podría dejar que muchos otros hablen por mí, pero qué mejor que dejar al genio de Julio Cortázar. Si él se quedó sin palabras, no pretendan que nadie más las tenga. Se la escribió al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, amigo del Che y a su hija, Adelaida.

Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.


Che

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,

Julio



4 de octubre de 2010

Los recuerdos más complejos requieren las elaboraciones más simples

Era una nena muy pequeña. Estaba siempre sentada sobre el piso con sus piernas cruzadas. Se tocaba los dedos de una mano con la otra. Porque le gustaba investigarlo todo y era tan chiquita que recién estaba empezando por el extremo de sus brazos. Tan detallista era que un día se puso a pensar en la vida. Como nada se le escapaba, sabía que su cuerpo no funcionaría para siempre. Por lo que, a través de la lógica que tan bien manejaba, entendió que llegado un día, la vida tal como la conocía dejaría de existir. Le preocupaba mucho más su conciencia que su cuerpo. ¿Dónde iría a parar toda esa energía obsesivamente presente que encendía su mente? La siguiente reacción fue una puntada intensísima en su pecho. ¿Cómo puede uno sentirse más vivo que nunca al pensar en la muerte? Intentó dejar de hacerlo, pero fue inútil. Tanto lo había buscado que finalmente accedió a la incertidumbre que no tiene respuesta. Caminó el largo pasillo que separaba su habitación de la cocina, donde estaba su madre cocinando.
- Mamá - le dijo - ¿qué va a pasar conmigo cuando me muera?
Su madre abrumada jamás imaginó esa pregunta de su pequeña niña de cuatro años.
- No te preocupes hija, no pienses en eso
- Pero tengo miedo mamá
- Todo va a estar bien - le dijo su madre y la abrazó tan fuerte que la nena se impregnó de su olor.
Al día siguiente estaban las dos solas en la casa. La mamá le preguntó a su hija si podía esperarla un ratito bien chiquito mientras ella iba a hacer unos mandados hasta la esquina. Podés mirarme desde la ventana - le dijo a la niña - cuando menos te des cuenta estoy de vuelta. Lo que la madre no sabía era que la nena nunca dejaba de darse cuenta. Por lo que se aferró a los barrotes de la ventana y observó a su madre salir por la puerta y la vió caminar hacia su derecha hasta que en un determinado instante desapareció de su vista.
Lo que esa madre nunca supo fue que esa nena entendió lo que era la muerte en el mismo momento en que dejó de verla. Que en esos minutos antes de su reaparición entendió también lo que era la eternidad. Cuando la madre entró por la puerta la nena le pidió a su mamá, ¿me abrazás?. Ambas se unieron en un abrazo y la niña volvió a impregnarse de su olor.
La nena volvería a morir muchas veces a lo largo de su vida.