31 de agosto de 2010

26 de agosto de 2010

Nosotros

Antes de conocerte nunca había siquiera imaginado que la palabra nosotros pudiera tener tanto significado. Suelo utilizarla para agruparme con personas con las cuales tengo algo en común, pero desde tu aparición es un término radicalmente distinto. El nosotros para referirme a vos y a mi es una palabra sin riesgos, sin ataduras, sin complejos, pero sobre todo sin tiempos ni circunstancias. Es un nosotros natural. Igual de natural que subirme a tu auto y sentir que mis ojos están vendados, sin saber adonde voy, está claro que tu incansable inquietud es mi venda imaginaria. Vos sabés que no suelo pensar mucho en mi infancia porque siento que hay mil vidas en el medio. Pero hoy recordé claramente un dibujo de un libro que solía leer, en el cual dos personas eran llevadas por el viento. Me acuerdo la seguridad que me daba ver sus manos entrelazadas con suavidad pero con fuerza. Podían ser arrastradas a cualquier lugar pero nunca se soltaban. Con vos es un poco así, nunca sé adonde nos vas a llevar, pero también se que nunca me soltarías y así es que aprendí a los trotes a perderle el miedo a la incertidumbre. Puedo estar sola, tan sola como una persona puede estar, fascinada en mis estados de conciencia que siempre llevo un poco más allá, pero aún en la soledad siempre estás ahí, no para sostener, sino para acompañar. Tan natural como reconocer que mis peores temores pueden quedar absurdamente ridículos ante sólo un gesto tuyo. A veces son tus manos en un pequeño ademán las que parecieran decir tener miedo es una estupidez. Aunque es mucho más fácil mirarte a los ojos y reconocer en ellos el mundo que creamos por y para nosotros; ese mundo sin lógicas, sin palabras, tan fascinante y psicodélico que sólo podría describirse a través de un dibujo (sin dudas el amarillo y el verde serían los colores predominantes) Tan natural como el resonar de tus palabras repetidas una y otra, y otra vez: el error es creer que todo lo que percibís es una realidad. Puede que antes no lo entendiera, hasta que me di cuenta que el final de la frase es la realidad no es una sola, y vos siempre lo das por entendido. Lo cotidiano puede ser tan absurdo a veces, pero siempre está ese lugar adonde ir, donde sólo nosotros existimos, ese lugar al que recurrimos para carcajear a los segundos de un fuerte intercambio, riéndonos de nosotros mismos en ese nivel que es sólo nuestro, donde nada puede quebrarnos. Es en esa realidad, donde nosotros somos eternos.

17 de agosto de 2010

¿Acaso un hombre consciente puede respetarse a sí mismo?

Quería escribir sólo uno, pero me fue imposible decidir. Por lo que me tomé el trabajo de escribir varios, pero sólo algunos, de mis fragmentos predilectos. Así que acá está, Fiódor Dostoievski con sus Memorias del Subsuelo.

Algo muy distinto es comprenderlo todo, tomar conciencia de todo, de todos los imposibles y muros de piedra; no resignarse a ninguno de estos imposibles y muros de piedra si a ustedes les da asco resignarse; llegar, a través de las combinaciones lógicas más inevitables, a las conclusiones más abominables sobre el eterno tema de que hasta del muro de piedra uno se siente como culpable, aunque sea a todas luces evidente que uno no es culpable en absoluto, y, en consecuencia, rechinar en silencio y con impotencia los dientes y abandonarse voluptuosamente a la inercia, soñando con que incluso no tienes contra quién enfurecerte; que la furia no tiene objeto y que acaso no lo tendrá nunca, que se trata de un truco, de un engaño, de una trampa, que se trata sencillamente de un lodazal, que no sabemos qué ni quién, pero que, a pesar de toda esa incertidumbre y ese engaño, el dolor de ustedes no cesa, y cuanto más ignoran ¡más les duele!

¡Oh, si sólo no hubiera hecho nada por pereza! ¡Señor!, ¡cómo me respetaría entonces a mí mismo! Me respetaría justamente porque al menos sería capaz de ser perezoso; al menos tendría una especie de cualidad positiva de la cual sentirme seguro. Pregunta: ¿quién es éste? Respuesta: un perezoso; pero si hasta eso sería agradable de escuchar sobre uno mismo. Significaría una definición positiva, significaría que hay algo que decir sobre mí. "¡Perezoso!", pues eso es todo un título y un nombramiento, es una carrera, señores. No bromeen, así es. Entonces tendría derecho a ser miembro del club más exclusivo y habría dedicado mi tiempo sólo a respetarme.

En definitiva, señores: ¡es mejor no hacer nada! ¡Es mejor la inercia consciente! Así que ¡viva el subsuelo! Aunque antes haya dicho que envidio al hombre normal hasta la última gota de mi bilis, no quisiera ser como él en las condiciones en las que lo veo (pero así y todo no dejaré de envidiarlo). ¡No, no, siempre es mejor el subsuelo! Por lo menos ahí es posible...¡Eh! ¿Pero también ahora estoy mintiendo! Miento porque yo mismo sé como dos por dos son cuatro que el subsuelo no es lo mejor, que lo que ansío es algo diferente, completamente diferente, ¡pero que no puedo encontrar! ¡Al diablo el subsuelo!

(...) porque todos nosotros nos hemos desacostumbrado de vivir, todos cojeamos, quien más quien menos. Nos hemos desacostumbrado tanto que a veces le sentimos cierta aversión a la auténtica "vida viva" y por eso no podemos soportar que nos la recuerden. Hemos llegado hasta tal punto, que casi consideramos la auténtica "vida viva" como un esfuerzo, casi como un trabajo, y en nuestro fuero íntimo todos estamos de acuerdo en que es mejor vivir como en los libros. ¿Y qué es lo que a veces nos da hormigueo, por qué hacemos extravagancias, qué es lo que pedimos? Ni nosotros mismos lo sabemos.

Vean: la razón, señores, es una cosa buena, esto es indiscutible; pero la razón es sólo la razón y satisface únicamente la capacidad del hombre de razonar, mientras que el deseo es la manifestación de toda la vida, es decir de toda la vida humana incluyendo la razón y todos los cosquilleos. Y aunque en esta manifestación nuestra vida revela a menudo toda su miseria, sigue siendo vida y no la mera extracción de una raíz cuadrada. (...) La razón sólo sabe lo que ha llegado a saber (...), mientras que la naturaleza humana actúa en conjunto, con todo lo que hay en ella, consciente e inconscientemente, y aunque pueda errar, vive.

13 de agosto de 2010

Retrato

Corría el colectivo con sus piernas chuecas, todos a su alrededor se reían. Quería evitarlo, pero siempre llegaba con el tiempo justo. Una vez arriba, se sentaba en el asiento del medio. Le gustaba sentir que había gente rodeándolo. Su viaje duraba 50 minutos, todos los días. Durante ese tiempo no hacía otra cosa que mirar por la ventana. Veía como el mundo pasaba de cuadro en cuadro, como en las películas. Odiaba los semáforos. Le causaban una ansiedad insoportable. Como si alguien más pusiera en pausa el momento cúlmine de la escena más maravillosa jamás vista. Sonreía cuando alguien lo miraba. Le gustaba que lo observen, sólo eso, porque el no lo hacía con los demás, se limitaba a sonreir y corría su mirada.

Su rostro era tan pálido como la nieve, casi no se reflejaba en los cristales del autobús. Los rayos de sol sobre su cara no hacían más que evidenciar su transparencia. Sus ojos negros, dejaban asomar una tenue perversión entrelazada con un poco de cansancio y otro tanto de aburrimiento. Su boca, siempre excitada, exudaba saliva más de lo normal y los labios rojizos aparecían bruscamente desde el blanco y pálido fondo. Sus orejas, voluminosas, sobresalían tímidamente, al igual que su nariz, fina pero poderosa. No podía decirse que era un tipo alto, tampoco corpulento. Podría decirse, si quisiera, que componía un hombre promedio, aunque seguramente lo consideraría irrespetuoso. Su cuerpo entero carecía de gracia, la que sólo albergaba en pequeños gestos y, aún sentado, parecía estar siempre en movimiento.

Creía que vivía por inercia, pero sus manos decían mucho más que eso. Toda su fisonomía delataba resignación pero sus manos gritaban deseos. Quizás sea ése el motivo por el cual las escondía constantemente dentro de sus bolsillos. Le avergonzaban sus manos, les tenía temor, porque era el único rincón de su cuerpo que no podía controlar.

Miraba a su alrededor buscando, pero no encontraba, nunca encontraba. Mas, cuando ésto parecía desesperarlo, disimulaba con tal rapidez que casi no te dabas cuenta. Quería ser independiente, pero dependía demasiado. Su único orden posible provenía desde afuera. A veces parecía estar entero, sin embargo sus hombros caídos delataban aquello en su interior que permanecía allí dentro, pulverizado, roto en mil pedazos. A veces se preguntaba qué lo había lastimado tanto, pero era lo bastante inteligente para reconocer lo inútil de ese interrogante. Sabía, en el fondo, que nada iba a ser suficiente.

Inspiraba sufrimiento con cada sorbo de aire. La rutina le era una carga demasiado pesada. Pensaba, recordaba, imaginaba, pero ya nada lo conmovía. Ni siquiera sabía por qué vivía. Tampoco si aquello de existir debía tener algún motivo. Si al menos por un minuto hubiera podido mirar a alguien a los ojos, seguramente hubiera hundido su cabeza en esos hombros ajenos y hubiera llorado la vida. Pero no tenía tiempo. Llevaba así cinco décadas. Demasiadas almas dependían de él. Y quizás fueran esos 50 minutos contra el cristal los únicos en los que podía ser como quería. Se había vuelto demasiado cínico para aceptarlo, y estaba demasiado vivo para fingir que no lo estaba. Tomaba su maletín y el deseo en sus manos se apagaba. Caminaba hacia la puerta del colectivo con la ilusión intacta. Quizás algún día se daría cuenta que nunca había sufrido.

4 de agosto de 2010

Vicios

  • las librerías: historias, imágenes, poesía, deseos, novelas, ficción, realidad, fantasías, la vida misma está ahí adentro.
  • la chocolatada: tendré 80 años y seguiré tomando leche con nesquick
  • fumar: me reniego a creer que algo tan placentero pueda causar algún daño
  • las películas de época: con esas historias de pasiones donde los protagonistas se miran pero no se tocan
  • tocar el piano: crear música, reproducirla, tocar con tus propias manos y que de esa acción resulte música, es la sensación de estar uno mismo convirtiendóse en ella, es el sentimiento más sublime
  • arreglar ropa: coserla, descoserla, modificarla, agregarle, quitarle, cualquier cosa que se le pueda hacer. Así fue que arruiné muchas prendas, pero mejoré otras tantas.
  • cortarme el pelo: uf, otro vicio con consecuencias negativas.
  • las películas, los discos, los libros, las pinturas o cualquier otra expresión artística que me provoque un estado confuso de conciencia: y también otras cosas, no artísticas, pero que también alteran la conciencia
  • la cerveza: bien helada, y si es Budweiser mejor
  • radiohead: una puerta constante, una fascinación indescriptible
  • la inteligencia: me atraen y me fascinan los coeficientes intelectuales elevados
  • me pongo más cursi que de costumbre y digo, porque no puedo obviarlos: las flores, las frutillas y los perros, las criaturas más increíbles del planeta, me hacen feliz, punto
  • los documentales de música: la mejor forma de entender una época o una cultura, a través de su música
  • los intercambios ideológicos: aunque la mayor parte de las veces terminen como el orto
  • la melancolía: a veces insoportable, pero muchas veces necesaria y siempre inevitable
  • la ortografía: cuando escribo intento que sea perfecta, pero no me pongo obsesiva con las faltas ajenas, siempre y cuando sean leves y permitan que lo que se lee, mínimo, se entienda.
  • los idiomas: me gustaría entenderlos y saber hablarlos todos
  • la sabiduría: la intelectual y la espiritual, el sentido común, las personas cultas pero con sensibilidad, las mentes abiertas, los que están siempre en la búsqueda